Gran Vía


Principio de una colección de fotos que quiero dedicar a la mítica vía madrileña ¿que os parece el comienzo? Espero vuestros comentarios. Gracias

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Cinco minutos


CINCO MINUTOS

En la fase I del MNOR me muevo como pez en el agua. Yo tampoco tenía ni puñetera idea del significado de MNOR pero después de investigar un poco he conseguido saberlo, sueño sin movimientos oculares rápidos.

La fase I comprende de la vigilia al sueño que es por donde yo paseo habitualmente adelante y atrás, como una moviola de Gene Kelly en Bailando bajo la lluvia pero sin movimientos oculares rápidos.

Por este motivo estoy continuamente escuchándolo todo. A mis vecinos cuando deciden nuevamente discutir, al tapicero cuando entra por la calle como un dragón de fuego gritando por el megáfono: Ha llegado el tapicero. La canica que hace un recorrido infinito hasta caer por alguna escalera y perderse en los abismos para a continuación subir al cielo de las canicas, donde también están todos los mecheros que se pierden y las gomas del pelo. O la niña de los vecinos de arriba, que cuando no están sus padres se prueba todo los tacones de su madre poniendo en riesgo sus tobillos y por supuesto a mi siesta diaria.

Pero sobre todo escucho el teléfono, el maldito teléfono.

Logré salir del Whatsapp, porque del Whatsapp también se sale, y si no puedes, seguro que habrán libros que te ayuden “Como dejar de guasapear si sabes como” o “El monje que dejo el Whatsapp y subió una montaña”.

Al apagar el Whatsapp me di cuenta de que tenía gente a mi alrededor de carne y hueso con los que también podía charlar y eso me lleno de vida, pero esto es otra historia, volvamos al teléfono, el maldito teléfono.

Tengo el sueño muy debil, siempre cogido por palillos, hago tanto esfuerzo intentando dormir que apenas descanso. Soy como Mario Bross que salta lo mas alto posible para cazar muchas estrellas pero yo solo quiero alcanzar dormir.

Y suena el teléfono, el maldito teléfono.

Al descolgar, un agente comercial que hace escrupulosamente su trabajo utiliza todas sus artes para que no cuelgue y siga a la escucha. La verdad es que apenas sé de que me habla, lo único que sé es que están grabando la llamada para mi seguridad y eso me da mucha tranquilidad.

Cuando ya no puedo más y sueño con llegar a la fase I del MNOR el agente comercial me pide solo 5 minutos de atención, son solo cinco minutos, eso no es nada, solo cinco minutos colgado del maldito teléfono sin poder dormir. Le concedí los cinco minutos y no llegamos a ningún puerto pero al menos yo conseguí acostarme.

Le había regalado a un desconocido 5 minutos y pensé que no era tan poco; había perdido en el trueque. Y es que en tan pocos minutos pueden ocurrir las cosas mas bellas y las cosas mas terribles. Te puedes enamorar o todo lo contrario. En esa pequeña porción de tiempo casi todos nosotros aterrizamos en este mundo, y en tan pocos minutos todo puede salir volando.

Estaba enfadado. Se me paso por la cabeza llamar al agente comercial y pedirle que me devolviera mis cinco minutos o me diera cinco de los suyos, pero no podía recordar el nombre de la persona que se llevo mi tiempo.

Me sentí como cuando tocas el bolsillo de atrás de tu pantalón y te han robado la cartera, indefenso, desamparado, impotente, y eso me hizo perder toda la tarde más los cinco minutos que me pidió el amable agente comercial.

Y lo más importante de todo, no paré de dar vueltas en la cama sin llegar a alcanzar ni la fase I del MNOR, y todo por culpa del teléfono, el maldito teléfono.

ESO NO ERA TODO


Me fui detrás de él.

Eran muchas mañanas aguantando la curiosidad. Aquel artilugio era la mínima expresión de un invento, lo manejaba con la soltura de un torero, lo hacía bailar con un suave golpe de muñeca y cada vez que lo hacía me hipnotizaba. Me hacía andar tras él hipnotizado por el vaivén y el tintineo de monedas.

Toda su vestimenta era de color blanco, por lo que a veces, partes de su cuerpo desaparecían confundidas por la espuma de las olas del mar al romper, solo destacaba una gorra de marinero, de esas que solo quedan bien con un bigote inglés y la piel castigada por el sol, un viejo lobo de mar que siempre estuvo en tierra, eso es lo que era.

Buscaba metales sin necesidad, no quería encontrar el arca perdida, ni tampoco una mina de oro y mucho menos el tesoro de un pirata. Solo quería conseguir algo que no pudiera comprar con dinero, se cansó de tenerlo todo, agotó la ilusión de poder llegar a conseguir algo, consumió la vida muy pronto.

Aquel hombre, cada mañana salía con su varita mágica a sentir de nuevo esa sensación, la del que sale a buscarse la vida, la del que cada día tiene que pelear para llevar a casa un plato de comida. Aquel hombre siempre sería rico pero verdaderamente fue quedándose sin nada, sin nada dentro.

Ahora, su mayor tesoro son unas monedas oxidadas conseguidas por él, un puñado de monedas que mueve en su mano como un mimo al final de su jornada de trabajo.

Me fui detrás de él, con la curiosidad de seguir algo marginal y descubrí a un buscador de vida, alguien que después de tenerlo todo descubrió que eso no era todo.

Miedo a volar


Fábula del miedo a volar

Siempre he pensado que Bob Marley nunca tuvo miedo a volar porque su cara era de encontrarse muy agustito, yo creo que siempre estaba cogiendo altura. A mí me pasaba todo lo contrario: tengo mucho pánico a volar. Una vez me salió un avión dentro de un Kinder Sorpresa y me entró un miedo que me comí el chocolate, el papel de aluminio que lo envuelve, el papel de las instrucciones y todas las piezas del avioncito por si acaso se le ocurría despegar.

Solo había un motivo de fuerza para que yo me montara en un avión, y ocurrió: se volvieron a unir los Café Quijano y Loco Mía. Así que no me quedó otra que salir corriendo para el primer avión que partía hacia Washington (Illinois). Iba con más miedo que Massiel cuando se enteró de que iba a cerrar la fábrica de Bacardi, que casi se muere del susto. Pues así estaba yo cuando llegué al aeropuerto, más tenso que cagando sin pestillo, tenía caquita. Habría dado lo que fuera porque me hubiesen pesado, me hubieran puesto una pegatina de Iberia y me hubieran metido en la cinta mecánica de las maletas; por lo menos donde van las maletas no hay ventanas y no se ve la altura tan grandísima a la que se vuela. Lo único malo de ser maleta en un avión de Iberia es que no sabes nunca en qué país vas a acabar.

Me monté en el avión, me senté, me puse el cinturón y el pitón de la moto. El avión se puede caer pero yo me quedo sentao. A continuación entró el chófer del aparato, que digo yo que para esto del avión seguramente haya que tener el B-1 y el de remolque, aunque por otro lado tiene que ser más fácil de conducir que un coche, porque ni tienen señales, ni semáforos ni líneas discontinuas y todo se lo dicen por los auriculares, así que yo creo que la mayoría de los chóferes de avión irán todo el camino haciendo sudokus o recortables, digo yo, y eso pensarlo me da muchísima seguridad. Lo más complicado para un piloto es saber cuál es el botón del parabrisas cuando llueve, la luz larga y, sobre todo, el freno de mano por si quieres hacer un trompo pa sorprender a los colegas.

De pronto, aparecieron en el avión una legión de azafatas y se pusieron a bailar delante mío moviendo las manos señalando para todos lados y haciendo cosas muy raras. Y dije yo para mí: «Hay que ver el tiempo que hace del Macarena y aún no han pillao el baile», parecía más bien que estaban bailando Los pajaritos.

El avión empezó a hacer un ruido que parecía un ensayo de Mayumaná, sonaba como si hubieran puesto en la cola del avión una hormigonera haciendo mezcla. Aquello empezó a coger altura y me dice la azafata que no me preocupe, que el flotador está debajo del asiento. «Qué graciosa —le contesto—. ¿Y si nos estrellamos en Albacete? A no ser que caigamos en la piscina del alcalde, el flotador me va a valer pa poco, así que si no te importa me puedes cambiar el flotador por un paracaídas o por una botella de ginebra Gordons pa aguantar el viaje que me queda».

Me trajeron de comer una bandeja llena de cosas, todo lo que te ponen de comer en el avión es a la jardinera. Me lo comí todo y a continuación me pusieron un café a la jardinera con un geranio pa mojarlo. Cuando me tomé el café me pegó un apretón de esos de caída libre, el café era soltón, de esos que no hacen noche. Me quité los dieciocho cinturones, el pitón de la moto, me saque el flotador del pato (que lo llevaba puesto a la cintura) y los manguitos y salí corriendo para el baño del avión.

Cuando entré lo primero que dije fue: «¡Ole el arquitecto, cómo ha sabido aprovechar el hueco, que tío!». Solo le faltaba el bidé, cómo había sabido colocarlo todo, hasta la jabonera. Lo mejor era la taza, de teflón como las sartenes: así no hace frenazo. Con razón no pusieron escobilla, caían las canoas solitas de un tirón sin dejar rastro, eso se agradece en un váter muchísimo. Lo malo de hacer tus cosas en el baño del avión son las turbulencias, que te puedes pegar un majazo contra la jabonera a la primera de cambio. Pero lo más peligroso del baño del avión es el momento de hacer caca. Amigos, si tenéis la necesidad imperiosa de hacer caca, cuando terminéis poneos de pie, no le deis al botón sentados, que cuando le das al botón aquello pega un rugido que chupa todo lo que pilla en su camino.

Al salir del baño me senté en mi sitio y el avión empezó a moverse al ritmo de Paquito el chocolatero. Yo no había pasao más miedo en mi vida. Se encendían muchas luces y escribí mi testamento en una servilleta mientras el chófer decía por los altavoces (que, por cierto, Dolby Pro Logic no son porque se escuchan mu malamente): «No se preocupen, estamos pasando por una zona de turbulencias, ciclones, tornados y tormentas eléctricas». Después de escucharlo la verdad es que te quedas mucho más tranquilo.

Cuando aterrizó el avión abracé a la señora jubilada de ochenta y seis años que llevaba sentada a mi lado y le dije a la azafata que solo había faltado que nos hubieran puesto la película Viven. Ahora entiendo por qué el Papa cuando se bajaba de los aviones besaba el suelo. Es normal, con el miedo que se pasa yo estuve a punto de pegarme un morreo con el suelo, con la vieja de ochenta y seis años y con el chófer del avión. Aunque, la verdad, se lo hubiera dado a la azafata, que estaba tela de buena, pero eso creo que también hubiera resultado demasiado peligroso.

SE ACABARON LAS PERDICES


Es la primera vez que me suben en un simulador de vejez. Nunca antes me había acercado tanto a lo que puede sentir alguien cuando su fecha de expiración está cerca.

Pasé frio, un frío interior. Hasta el punto de sentir que estaba escondido, como un espectador de lujo, como alguien privilegiado que asiste a los ensayos de una última función.

Michael Haneke logra empujarme dentro de aquel piso parisino de techo alto donde empieza y acaba la historia.

Están a punto de llegar, un matrimonio ideal, vienen de la Opera, sonríen, se abrazan, aún queda algo de la pasión y sus miradas son de Amour, amor de verdad.

Con su avanzada edad ya tienen todos los deberes hechos y la vida resuelta.

Un ruido.
Una puerta.

Y en ese momento entra en escena la tragedia. Campa a sus anchas por la casa, castiga cada día con un poco menos de vida a ella, con un poco mas de desesperación a él y pisa el cable que conectaba tan bella historia entre los dos.
Quizás la soledad impuesta y obligada sea la peor de las soledades. Ese momento en el que te sueltan la mano y te toca caminar solo, pero el cuerpo ya no responde como antes.

Amour es un paseo agridulce por el final de la vida. Nos toca asistir como si fuera un videojuego, el final de la partida, la última pantalla, donde espera el monstruo más peligroso, con el que es fácil perder.

Aunque todo parezca tan dramático, la película te llena de una tristeza que se transforma en una sensación muy especial y te hace apreciar aún mas la vida. Me viene a la cabeza una frase que Michael Caine dijo una vez: “La vida no es un ensayo, es el espectáculo mismo”.

Amour de Michael Haneke

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