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SE ACABARON LAS PERDICES


Es la primera vez que me suben en un simulador de vejez. Nunca antes me había acercado tanto a lo que puede sentir alguien cuando su fecha de expiración está cerca.

Pasé frio, un frío interior. Hasta el punto de sentir que estaba escondido, como un espectador de lujo, como alguien privilegiado que asiste a los ensayos de una última función.

Michael Haneke logra empujarme dentro de aquel piso parisino de techo alto donde empieza y acaba la historia.

Están a punto de llegar, un matrimonio ideal, vienen de la Opera, sonríen, se abrazan, aún queda algo de la pasión y sus miradas son de Amour, amor de verdad.

Con su avanzada edad ya tienen todos los deberes hechos y la vida resuelta.

Un ruido.
Una puerta.

Y en ese momento entra en escena la tragedia. Campa a sus anchas por la casa, castiga cada día con un poco menos de vida a ella, con un poco mas de desesperación a él y pisa el cable que conectaba tan bella historia entre los dos.
Quizás la soledad impuesta y obligada sea la peor de las soledades. Ese momento en el que te sueltan la mano y te toca caminar solo, pero el cuerpo ya no responde como antes.

Amour es un paseo agridulce por el final de la vida. Nos toca asistir como si fuera un videojuego, el final de la partida, la última pantalla, donde espera el monstruo más peligroso, con el que es fácil perder.

Aunque todo parezca tan dramático, la película te llena de una tristeza que se transforma en una sensación muy especial y te hace apreciar aún mas la vida. Me viene a la cabeza una frase que Michael Caine dijo una vez: “La vida no es un ensayo, es el espectáculo mismo”.

Amour de Michael Haneke

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